Por qué el factor celebrity de Jacinda Arden preocupa a pesar de ser la favorita para ganar las elecciones este mes

La relevancia de Jacinda Ardern, probablemente la mujer más influyente de la política global, va más allá de lo que entendemos, o de lo que entendíamos, por una servidora pública, aunque esta sirva al máximo nivel. Su manera de estar y de decir, su capacidad para comunicar y sus decisiones pioneras e independientes la han convertido en protagonista de muchas horas de televisión y de incontables portadas y publicaciones web, hasta el punto de hacer de ella algo muy parecido a una ‘celebrity’. No es que cultive el glamour de las estrellas ni se conduzca como una famosa, al contrario. Controla perfectamente su imagen, siempre modesta y protocolaria, sobre todo en temporada de elecciones. Sin embargo, es mundialmente famosa. Y la fama, como ya sabemos, se paga. En este caso, no precisamente con sudor.

Fuera de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern es la presidenta que supo cuidar de los ciudadanos en la crisis del coronavirus, con las medidas más decididas y valientes (hasta propuso la semana laboral de cuatro días para que el turismo nacional compensara el parón del flujo turístico global). Además, suturó la peligrosa herida que ocasionaron los atentados en dos mezquitas (49 muertos) en marzo de 2018; consoló a las víctimas (21 familias) de la erupción del volcán White Island el pasado diciembrey se convirtió en madre en mitad de su mandato. No lo olvidemos: no ha dudado en impugnar el PIB como medida del desarrollo de los países. Parece increíble, pero cuando se presentó a las presidenciales en 2017 era prácticamente una desconocida. El salto que ha dado en cuatro años es asombroso.

La campaña electoral para las próximas presidenciales neozelandesas es un paseo para Ardern, ya casi segura ganadora gracias a unos porcentajes de intención de voto jamás vistos en el país (va 15 puntos por delante de sus rivales). El sistema electoral de Nueva Zelanda está diseñado para favorecer las coaliciones en el gobierno, pero es probable que consiga tantos votos que pueda gobernar en solitario. Su figura es tan popular y está tan en sintonía con su electorado, que se ha convertido ella misma en un marca, cuyo logo bien podría ser su imbatible sonrisa. De hecho, su rival en el Partido Nacional, Judith Collins, la acusa de responder a las crisis únicamente “sonrisas y abrazos” mientras que ella ofrece “esperanza y trabajo”.

No es una crítica sin fundamento. De hecho, apunta a una inquietante cuestión que interesa a los partidos de cualquier democracia occidental: acomodado en la victoria segura de Ardern, el Partido Laborista que lidera apenas sí se manifiesta. Saben que la victoria es segura, con lo que sencillamente se dejan llevar por su carismática presidenta. Algunas voces ya advierten del peligro: ¿qué pasará con el partido cuando termine el liderazgo de Jacinda Ardern? ¿Está el partido consiguiendo seguidores de un programa electoral y de un proyecto de país o sus votantes son resultado de las políticas personalistas que mandan en estos tiempos mediáticos?

Collins no se cansa de repetir que la presidenta no está explicando cuál es su plan de país, qué medidas piensa implementar o por dónde va a ir su segundo mandato. Jacinda Ardern es tan famosa, su presencia pública es tan poderosa, que ni necesita venderse: le basta aparecer y sonreír. Como a cualquier estrella de cine. De hecho, los analistas políticos advierten de que no ha hecho demasiados avances en cuestiones que sí abanderó en su anterior campaña electoral, como terminar con la pobreza infantil, recuperar el parque de vivienda pública y cerrar la brecha de la desigualdad económica. Sin duda ganará. Pero deja como herencia la dependencia de políticos-estrella totalmente desconectados de programas y partidos. ¿Será nuestro futuro también?

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